1 ene. 2014

Despilfarro alimentario: 179 kilos por habitante

La Marea


Las multinacionales no tienen desperdicio

 

Grandes corporaciones convierten el despilfarro de alimentos en el nuevo “trending topic” del marketing social corporativo.
Los datos actuales de desperdicio alimentarios son un escándalo ético y moral. Los últimos estudios realizados en la UE estiman que se pierde o desperdicia en Europa entre un 30% y un 50% de los alimentos sanos y comestibles a lo largo de todos los eslabones de la cadena agroalimentaria hasta llegar al consumidor.

La generación anual de pérdidas y desperdicios alimentarios en los 27 Estados miembros es de unos 89 millones de toneladas, o sea, 179 kilos por habitante, y ello sin contar los de origen agrícola generados en el proceso de producción ni los descartes de pescado arrojados al mar.

La propia FAO señala en su informe sobre desperdicio alimentario que, en 2007, la tierra cultivada para generar desperdicio era de 1,4 billones de hectáreas, es decir, un 28% de las tierras cultivables a nivel mundial, en un momento histórico donde cada vez hay más presión sobre este recurso por fines no alimentarios como son los agrocombustibles o la simple especulación financiera.

En el estado español no somos una excepción, tiramos anualmente 2,9 millones de toneladas de alimentos, y como contraste, según Cáritas, en España 9 millones de personas viven en situación de pobreza (con menos de 6.000 euros al año).
Está situación de alguna manera ha hecho sonar las alarmas en el Parlamento de la UE que en año 2012 aprobó una resolución instando a los estados a iniciar estrategias de reducción del 50% del desperdicio para el año 2050, y a esto corresponde el aluvión de campañas para la reducción del despilfarro alimentario, entre ellas la lanzada por el Ministerio de Agricultura, y sorprendentemente las puestas en marcha por las grandes corporaciones agroalimentarias y de distribución que están invirtiendo una gran cantidad de recursos.

Campañas que a priori a todo el mundo nos parecerían justas, necesarias y veríamos con buenos ojos a las empresas que las impulsan. Y este objetivo parece que lo han logrado.

Pero, si leemos la letra pequeña, veremos que se trata de campañas que comparten objetivos y elementos comunes. Principalmente, esconder deliberadamente la responsabilidad de la actual industria agroalimentaria en la generación de cantidades nunca conocidas de despilfarro alimentario. Intentado hacernos creer que el actual desperdicio alimentario no es una consecuencia del modelo agroalimentario impuesto por grandes corporaciones los últimos años.

La principal línea argumental de todas ellas se trata de dejarnos bien claro que el principal culpable del despilfarro obsceno a nivel global es el consumidor. Un consumidor que compra de más, que no sabe aprovechar productos, que no lee las fechas de caducidad, y que es despilfarrador por naturaleza. Un consumidor irresponsable al que hay que educar y hacer cargar con todas las culpas de la cadena alimentaria, tratándonos como una mezcla de devoradores compulsivos y estúpidos de solemnidad.

Así nos encontramos en el folleto del propio Ministerio de Agricultura que en su primer consejo nos dice: “Elige los productos según las necesidades de tu hogar. Antes de planificar la compra, comprueba el estado de los alimentos que tienes en casa, sobre todo los productos frescos o con fecha de caducidad. Planifica los menús diarios o semanales teniendo en cuenta el número de personas que van a comer.”

Pero, ¿realmente somos los consumidores los grandes culpables de este desastre? ¿Las grandes empresas y gobiernos no tienen nada que ver?
Seguramente los consumidores tenemos mucho que ver, pero si cambiamos el foco de dirección y apuntamos a la industria y sus estrategias empezaremos a ver los contornos de una responsabilidad inmensamente mayor.

Responsabilidad en términos de cantidad, la Eurocámara insiste en que “los agentes de la cadena alimentaria” son los primeros implicados: la industria aporta un 39% de los residuos, mientras restaurantes, caterings y supermercados son responsables de un 14% y un 5% del total, mucha de la cual las propias empresas , gobiernos y lobbies alimentarios han denominado como“inevitable”.

Responsabilidad en el tipo de consumo final, pues la mayor parte del despilfarro en casa es debido a la forma de empaquetar los alimentos, descuentos, 2X1, y otras estrategias de grandes cadenas de supermercados que los últimos años han sustituido el comercio de proximidad y determinan nuestro consumo. Si no lo creen, solo tienen que ver que en nuestro país el 80% aproximadamente de las compras de alimentos hoy día se realiza a través de los supermercados, hipermercados y tiendas de descuentos. Hemos pasado de tener 95.000 tiendas en 1998 a 25.000 en el 2004. Por tanto, cada vez se cierra más el embudo del consumo bajo una falsa apariencia de diversidad.

La segunda línea argumental es que las empresas deben y se comprometen a mejorar la eficiencia de todo el proceso, mejorar cadenas de frío… pero ya advierten de que hay poco margen, ya que actualmente hacen todo lo posible. En cambio, sí pueden sumar un eslabón más a la cadena… y lo han hecho.

Así otro de los elementos comunes de estas campañas es integrar a los bancos de alimentos en la cadena agroalimentaria. De esta forma matan dos pájaros de un tiro, mejorar la imagen de la empresa y ahorrar costes en el tratamiento de residuos.
Una estrategia que se sirve de “cronificar” un tipo de intervención asistencial y de emergencia temporal como son los bancos de alimentos, para convertirlo en un elemento más y “normalizado de la cadena”, olvidando por tanto que este tipo de intervenciones genera estigmatización social y en muchas ocasiones la oferta alimentaria no es adecuada, con ausencia de alimentos frescos, con alimentos procesados, pobres en micronutrientes y desproporcionada en energía, grasas saturadas e hidratos de carbono refinados, favoreciendo enfermedades cardiovasculares, diabetes…
Sin embargo, estás campañas pasan de puntillas por un elemento central para la propia UE o la FAO, para la reducción de despilfarro alimentario como es la apuesta por la agricultura local y los circuitos venta de proximidad.

La apuesta por este otro modelo de producción y consumo evita el desperdicio en todas las fases de la cadena, en la fase de producción, principalmente, porque no está sujeta a los cánones de la agroindustria y donde la diversidad es un valor frente a la “homogenización” impuesta en distribuidoras y mayoristas.
En la fase de distribución, también, porque no necesita enormes cadenas de frío y de transporte para llegar al consumidor.

Por último, porque la venta directa mejora la adecuación de la oferta y la demanda, al consumir exactamente lo que se necesita.
Además, la propia UE reconoce que este tipo de modelo tiene otros grandes beneficios, como son la generación de precios dignos para las personas productoras y de empleo de forma directa e indirecta, dinamización de los territorios y revalorización del mundo rural, incremento en general en la calidad nutritiva de los alimentos…

Por esto, en otros países de Europa llevan años apostando por este modelo, entre ellos Francia, donde ha desarrollado diversas estrategias para la promoción de la producción y transformación local, iniciativas legislativas como es la adaptación de la legislación higiénico-sanitaria a las características de la pequeña producción e iniciativas directas como es que la compra pública de alimentos de escuelas, hospitales o universidades provenga de la agricultura y ganadería local, y convirtiendo el desarrollo de la agricultura de proximidad en uno de los pilares centrales de su estrategia contra el despilfarro.
En nuestro país, ninguna de estas políticas tienen lugar, siendo muy esclarecedor si comparamos el dato de venta directa realizada por agricultores, llegando en Francia a un 20% y en España apenas un 3%.

Como dicen estas campañas, en cuestión de despilfarro alimentario todos somos responsables y todos tenemos algo que hacer, pero también tenemos que decir claramente que no todos somos igual de responsables. Y que justamente estas campañas, lejos de exigir responsabilidades a los grandes culpables de esta situación, los eximen y ocultan. Y, cuando no, simplemente los ayudan a convertir el despilfarro de alimentos en el último trending topic marketing social corporativo.

[Artículo publicado en el blog de Javier Guzmán, director de VSF Justicia Alimentaria Global]

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